EL PRECIO DE LA CULTURA

¿Cuánto cuesta ser como somos?

El grito de Edvard Munch

119.9 millones de dólares, 91,2 millones de euros, esa es la cifra; una nueva cifra que se posiciona como la más alta en las subastas del Arte. El cuadro que consigue esta cifra no es otro que El grito de Edvard Munch, el único de las cuatro versiones que aún permanecía en manos privadas.  Esta noticia hace que surja una pregunta: ¿qué precio tiene la cultura?

La puesta en venta de esta famosa obra ha  sido catalogada de “pastel fechado en 1895” y ha provocado un gran revuelo: “la exaltación de tiburones financieros, coleccionistas clásicos y cazadores pudientes de trofeos artísticos”; esta es la descripción de los medios: tiburones financieros y cazadores. Ahora bien: ¿es esto en lo que se ha convertido el legado de  Munch? ¿Es esta descripción de la cultura, como un concepto básico, lo que queremos que permanezca en el mundo?

En las condiciones adecuadas la cultura siempre debería ser gratuita, para que pudiese a acceder a ella quien quiere y no quien puede. Se podría también hablar de libertad cultural y de la necesidad de ella, pero aunque es un punto que una servidora considera necesario, para llegar hasta esta idea creo que primero deberíamos comenzar con lo esencial que es ese concepto de “cultura gratuita” que parece no existir. El problema para esto es que nos enfrentamos a una sociedad donde la cultura conlleva un coste de creación que suele ser más grande de lo que imaginamos: hay mucha gente que vive de la cultura y tienen que mantenerse y no se les puede quitar ese derecho.

Este acercamiento nos lleva a la cuestión de sí la cultura es cara. La respuesta es que depende de para quién. Actualmente convivimos en una sociedad donde un libro que sobrepase los 20 euros es caro, sin embargo se pagan estás cantidades multiplicadas por diez, si no es más, por una entrada de fútbol o por ver un espectáculo taurino (hasta 140 euros costaría una buena entrada en Las Ventas). Y si entrásemos en el mundo del cine o del teatro encontraríamos casos muy similares.
Las preguntas son: ¿dónde está el límite de los precios altos? Y ¿qué es lo que determina que un precio tenga ese adjetivo? La respuesta sigue estando en debate.
El punto clave está en que hay que plantearse por qué las obras culturales deben ser gratuitas cuando se mantienen del mismo modo que el resto de bienes y servicios de nuestra vida cotidiana por los que pagamos: mediante el trabajo y esfuerzo de otras personas.
Obviamente la solución está en encontrar el equilibrio. En el mundo del Séptimo Arte la complicación es conciliar el mercado físico con el digital, debido a que actualmente es más fácil encontrar contenidos en la red gratuitos e ilícitos que de calidad y pagando. Por suerte el mundo del Arte lo tiene más fácil: el camino se ha ido construyendo y hay múltiples asociaciones y fundaciones que actúan de manera filantrópica como la Fundación Cajamadrid, la Fundación Juan March o el Planetario de Madrid, entre otras, que ofrecen eventualmente exposiciones, cursos y conferencias de coste gratuito.
Lo que está claro es que la cultura es necesaria, es lo que nos da las bases para ser quienes somos, pero vivimos en un mundo donde la economía marca el ritmo y estilo de vida. El equilibrio entre el cuánto y el saber tiene aún un largo camino por recorrer.

* Las imágenes de este post han sido obtenidas a partir de las fuentes de información de internet.

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