ESTAMBUL: UNA CIUDAD CON OLOR Y SABOR A ESPECIAS

 Hoy quiero hablaros de la escapada familiar que he hecho a Estambul, en Turquía. Una ciudad fantástica que tiene mil lugares por descubrir  y por visitar, todos bajo un encanto casi mágico que hace de la visita a la ciudad una gran y bonita experiencia para aquel que quiera ir a pasar unos días.
Lo primero contaros que estuve 6 días, cinco noches, aunque realmente se pueden reducir a cuatro días completos porque el primero llegamos por la noche y el día de la vuelta nos fuimos antes de comer por lo que tuvimos cuatro días para movernos por la ciudad y os voy diciendo desde ya que no da tiempo a verlo todo. Sí que es cierto que prácticamente lo más importante si que lo vimos aunque nos dejamos algunos lugares como el interior del Palacio de TopKapi o el de la Torre Gálata de los cuales más adelante os iré dando detalles; pero al margen de los lugares más turísticos Estambul es un lugar para perderse e investigar en profundidad cada uno de sus rincones porque hay mucho más que ver además de lo principal. Nosotros tuvimos suerte porque fuimos guiados por mis tíos que viven allí y, por lo tanto, conocían muy bien la ciudad y nos enseñaron e indicaron lugares tanto para visitar como para comer en los que no hubiésemos reparado sin ellos.
Pero para hacerlo bien vayamos por partes, el primer día decidimos ir a visitar las dos grandes mezquitas que están una junto a la otra, la Mezquita de Santa Sofía, actualmente convertida en museo y la Mezquita Azul, lugar de culto y por lo tanto con un horario más restringido para poder entrar debido a que hay que respetar las horas de oración.

Para poder entrar a la Santa Sofía lo cierto es que nos hicimos un poco un lío porque había tres colas y no sabíamos muy bien dónde colocarnos: una de grupos, otra para comprar la entrada y otra para entrar una vez que tenían la entrada en la mano.  La entrada no está demasiado mal de precio, 25 liras turcas que, a euros, son unos 10-11 euros ya que, para los que no lo sepáis, un euro son 2,30 liras. Santa Sofía, o como la llaman los turcos Ayasofya, es uno de los símbolos principales de Estambul, y tiene una larga historia: fue construida por Justiniano durante su mandato entre los años 532 y 537, es una antigua basílica patriarcal ortodoxa que posteriormente (en 1453) fue reconvertida en mezquita por el Imperio Otomano. En 1935 fue convertida en el museo que es hoy actualmente y en  el que aún se pueden contemplar los restos arquitectónicos y decorativos de ambas culturas impresos en sus paredes.

El exterior de la mezquita, como habréis visto en la imagen, es muy grande y bonita, con ese toque majestuoso de lo que aun denotando su antigüedad sigue siendo hermoso. Ella es la que define la panorámica de la ciudad y sus cuatro minaretes (por desgracia uno nos pilló en obras) y su cúpula de más de treinta metros de diámetro son la imagen más características de la metrópolis turca.
En el interior lo primero que destaca al entrar es un precioso mosaico bizantino (imagen de arriba a la derecha) que da paso a una impresionante sala principal en la planta baja de con unas dimensiones de 70 por 74 metros, con una iluminación difusa a pesar de las grandes y numerosas lámpara que cuelgan en la estancia, y con unos medallones muy grandes en las paredes decorativos, que sin duda llaman la atención. También son impresionantes su columnas monolíticas que sostienen y dan lugar a la gran sala.

En la segunda planta de la basílica se pueden encontrar diversos mosaicos de gran interés histórico como son el de el Cristo pantocrátor rodeado de por la virgen María a su derecha y por San Juan Bautista a su izquierda, un obra de arte de gran belleza conservada a lo largo de los años y que sigue ahí para nuestro disfrute (imagen de la izquierda)

Pero algo que no os debéis perder bajo ningún concepto es la vista de la famosa Mezquita Azul desde una de las ventanas de la segunda planta, reconocible por la cola de turistas haciendo fotos desde ella y porque tiene un altillo de madera para facilitar la vista.
Lo siguiente que fuimos a ver fue la Mezquita Azul pero ya era hora de culto y hasta después de la hora de comer no volvían a abrir la estancia para los turistas, por lo que fuimos a comer para ir más tarde. Algo muy especial de Estambul es que a la hora del canto empiezan a llamar desde los minaretes cantando a los musulmanes para que vayan a rezar, es muy sobrecogedor oír los cantos y ver a todas la gente dirigiéndose a las mezquitas.

Respecto a la comida decir que en la zona de las mezquitas es muy fácil encontrar buenos sitios para comer ya que está lleno de locales con comida turca casera a buen precio y muy rica.

Hay que destacar que cuando en Turquía pides un kebab no es lo mismo que pedirlo aquí en Madrid, allí el concepto de kebab es diferente y te ponen la carne en taquitos especiados con ensalada pero sin pan ni salsa, depende de la variedad de kebab que pidas la carne está cortada de una u otra manera. Lo cierto es que Turquía es un sitio para ir con el paladar abierto, por decirlo de alguna forma, ya que hay que probarlo todo, yo por lo menos lo hice y por eso recomiendo que toméis Ayran con las comidas, una bebida muy refrescante que elimina el picor y que está muy buena al estar compuesta por yogurt, agua y sal, puede sonar raro pero está muy bueno y hace que la comida, que en general siempre tiene algo de picante, se asiente sin problemas al estómago. También por ello es muy típico que la comida venga acompañada con yogurt en el propio plato.

Al salir de comer fuimos camino de la Mezquita Azul pero descubrimos que la Cisterna de la Básilica
(imagen de la derecha), la más grande de las 60 cisternas construidas bajo la ciudad de Estambul durante la época bizantina, estaba prácticamente sin gente para entrar por lo que pasamos primero a verlas. Para que os hagáis una idea las cisternas son depósitos de agua que se construyeron para que la ciudad tuviera reservas en el caso de ser atacada, por ello también se las conoce como “palacio sumergido”.

Esta basílica en concreto fue construida en tiempos de Justiniano para abastecer al palacio Bizantino y se llena de los acueductos de Valente y de Adriano. Estos acueductos recibían el agua de los Bosques de Belgrado, a unos 20 kilómetros de Constantinopla.

De ambiente frío y húmedo, lleno de enormes peces, no es difícil mojarse allí adentro. Parecería lúgubre si no fuese por los enormes focos naranjas que iluminan las columnas y que dan la sensación de estar en un mundo acuático mágico, donde sin lugar a dudas debió de habitar alguna criatura mítica. Dicha sensación proviene de sus amplias dimensiones (140 por 70 metros) que podría llegar a almacenar hasta 100.000 m3 de agua.

Además también están las columnas, 336 columnas de 9 metros de altura que da a los visitantes una imagen impresionante del lugar. Todo el recorrido se hace a través de unas pasarelas de madera situadas por encima del agua, colocadas a finales del siglo XX pues anteriormente el paseo se hacía en barca.
Dentro de las cisternas encontramos también a esa criatura mítica: yace en el agua dos cabezas de Medusa, el ser mitológico que convertía en piedra a quien mirara, que sirven como base a dos de las grandes columnas.
Tras nuestro paseo por las cisternas nos dirigimos a la Mezquita Azul que ya había abierto sus puertas a los turistas, los cuales se amontonaban en una gran cola que daba la vuelta al patio interior de la mezquita y que nos tuvo esperando unos cincuenta minutos hasta que pudimos entrar.
La mezquita es preciosa, tanto por fuera como por dentro y es la más importante de Estambul construida por el Sultan Ahmed Ientre 1609 y 1616, siendo inaugurada un año después por el mandato de Mustafá I. Por fuera puede parecer similar a la de Santa Sofía pero realmente es más o menos la mitad que esta y su cúpula central tiene 23 metros de diámetro y 43 de altura. En vez de con cuatro esta mezquita cuenta con seis minaretes, lo que en su momento generó mucha polémica debido a que la de la Meca, la ciudad y mezquita más importante de todas las ciudades santas del Islam que es visitada cada año por millones de peregrinos musulmanes que consideran dicho peregrinaje parte de uno de los aspectos fundamentales de su fe,  también tenía seis minaretes, siendo esta la única hasta el momento de la construcción de la Mezquita Azul. Para eliminar esta situación y apaciguar a los fieles la Meca se construyo un séptimo minarete para marcar la diferencia.
En su interior la Mezquita Azul tiene más de 20.000 azulejos de color azul que adornan la cúpula y la parte

superior de la mezquita, de ahí su nombre, y todos ellos vinieron de la ciudad de Iznik. Es desde luego muy bella, con una iluminación proveniente de la luz natural que entra a través de más de 200 vidrieras donde también destaca el azul y que hacen de esta mezquita un espectáculo muy bello, digno de contemplar y que hace que la espera merezca la pena.

Como toda mezquita, al ser sitio de culto, tiene unas reglas estrictas sobre cómo entrar vestido, en especial para las mujeres que no pueden entrar ni con falda por encima del gemelo (a mi me miraron por llevar pantalones piratas ya que mostraba los tobillos pero no me dijeron nada), brazos cubiertos hasta la muñeca y pelo tapado por un pañuelo. Si no vas vestida así ellos te proporcionan al entrar unos pañuelos para taparte la cabeza, los brazos o lo que necesites, pero yo aconsejo ir directamente tapada (llevar en la mochila una sudadera y un pañuelo no cuesta nada) para así no tener problemas ni ponerte un pañuelo que a saber de dónde habrá salido o cuántas más se lo habrán puesto.
Por supuesto también está prohibido besarse dentro y hay que ir descalzo, para lo cual te dan una bolsa en la que meter tus zapatos y llevarlos en la mano. Esto último hace que la mezquita siempre huela a pies, suena mal pero es así, hay mucha gente, descalza y que viene de estar todo el día andando, por lo que el olor es bastante fuerte, aunque soportable lo suficiente para que te dé tiempo a disfrutar de su interior. Respecto a los hombres sí que pueden entrar en manga corta, aunque no en tirantes, pantalón valía cualquiera siempre que no fuese corto por encima de la rodilla y por supuesto no tenían que taparse la cabeza. La verdad es que a mí no me parece mal porque lo asumo como algo cultural que hay que aceptar y si no te gusta o no estás de acuerdo no entres y ya está, pero sí que es cierto que al hacerme fotos dentro con mi pareja y verlas después me chocó verme a mí tan tapada y a él en manga corta y sin pañuelo a la cabeza… supongo que es parte de ese mundo, pero aun así tengo la suerte de vivir en un país donde no tengo que ser menos que mi pareja y donde puedo vestir con libertad porque, sin entrar en polémicas, aunque no me parezca mal creo que todo tiene un límite.
Aun con esta pequeña salida del tema creo que la Mezquita Azul es preciosa y que desde luego merece la pena visitar.

Una vez que salimos de la mezquita nos pusimos en camino hacia el Mercado de las Especias por la ciudad de Estambul, no está lejos la verdad, a una media hora andando desde la Santa Sofía. Este bazar es uno de los lugares claves que uno no se debe de perder ya que es uno de los mercados más antiguos de la ciudad y uno de los mejores lugares para encontrar productos típicos como especias, dulces o frutos secos. Se encuentra en Eminönü, a escasos pasos del Puente de Gálata
 
Este mercado, al que también se le conoce como Bazar Egipcio debido a que antes Estambul marcaba el final de la ruta de la seda y eso lo convirtió en el centro de distribución de toda Europa que durante el siglo XV las especies llegaban de la India y el sudeste asiático hasta Egipto y desde allí a Estambul por el Mar Mediterráneo, es muy bonito y está construido en forma de L, con seis puertas de entrada desde diferentes puntos y calles; en él los tenderos decoran sus puestos de forma que visitar este antiguo lugar es un placer para los sentidos, las especias llenan el aire cargándolo de aromas y todo tiene tanto color que para el viajero es imposible no detenerse en cada rincón para ver qué es lo que se le ofrece.

Aunque no es uno de los mercados más grandes de Estambul (como el Gran Bazar del que os hablaré más adelante), este lugar es el ideal para comprar dulces, frutos secos, quesos, obviamente especias y otros productos típicos, pero también distintos tipos de pájaros, peces, flores y plantas porque coincide en su exterior con un mercado dedicado a este tipo de venta, así como a comida para animales. Todo ello al otro lado de la Nueva Mezquita (que a pesar de su nombre tiene casi 400 años de antigüedad), muy hermosa también con horarios de visita para el público fuera de las horas de culto.

Tras ese primer magnifico día nos dirigimos hacia la casa de mis tíos para recogerlos e ir a cenar, estuvimos casi una hora metidos en carretera porque la verdad es que Estambul es precioso pero en contra tiene un tráfico malísimo en el que se denota claramente que las reglas de circulación no existen: da igual que el semáforo esté en rojo o que haya un paso de cebra, el coche no parará a no ser que no tenga más remedio, los autobuses van con las puertas de delante abiertas para que la gente se suba prácticamente en marcha ya que frena en una de cada cinco ocasiones. Lo mejor aun así es moverse en transporte público donde cada parada tiene un nombre y te va marcando el recorrido en unas pantallas del autobús, para pagar se hace todo por unas tarjetas recargables en los quioscos, lo normal es recargar unas 25 liras turcas (unos 11 euros) para una persona para unos dos días porque nosotros era lo que recargábamos para cada dos personas y nos duraba un día completo (al final del día sobraban unas 3 o 4 liras) por lo que sale bastante bien de precio, aunque el tráfico como he dicho es muy estresante porque es malo y se tarda mucho en llegar, además del hecho de que el viaje suele ser malo y acompañados de movimientos bruscos. También están los taxis que hay muchos pero no los recomiendo por el tráfico ya que si te pilla un atasco, por mucho rodeo que den se te puede salir de precio.
 
La cena la hicimos en asador de carne llamado Günaydin Kasap/SteakHause al que nos llevo mi tío en el que comimos una carne de gran calidad que nos encantó a todos. Este restaurante esta en el barrio de Etiler, el barrio donde reside el campus universitario de Estambul, en una zona llena de restaurantes y con bastante vida por la noche, una zona bastante pudiente si se consideran el tipo de coches que veíamos pasar por las carreteras o aparcados en plena calle sin más vigilancia que los árboles o cubos de basura de las calles: desde muchos porches hasta varios mustangs, algún que otro ferrari  y hasta un lamborghini. 
 
Es un barrio bueno, con buenos sitios y buenos coches y por lo tanto el restaurante era muy bueno. Nos sirvieron varios entrantes entre los que estuvieron varias ensaladas, diferentes tipos de quesos, filetitos muy tiernos de ternera y como plato fuerte costillas de cordero lechal especiadas que nos las partieron y sazonaron delante de nosotros, con una destreza muy impresionante. En mi caso  no tomé costillas, sino un solomillo de ternera poco hecho ya que el cordero, aunque sea lechal, no me gusta demasiado, me cansa comerlo. 
 
Los entrantes fueron estupendos y el solomillo estaba delicioso y estupendamente hecho, al igual que las costillas que aunque no las compartí sí que probé un trocito; todo ello regado con un buen vino: un Egeo Cabernet Sauvignon-Merlot del 2010, muy bueno que incluso para mi, que no me gusta el vino, me vino de lujo para acompañar a la carne. 
Los postres también fueron estupendos: variedad de frutas cortadas como uvas sin pepitas, manzana, fresa y plátano y un plato dulce conocido como Katmer compuesto por helado de vainilla sobre una base parecida al Baklavas: hojaldre, miel y pistacho. Os diré que allí el pistacho está en muchísimos alimentos y es muy fresco por lo que está delicioso a pesar del aspecto inicial que pueda ofrecer, aunque desde luego Turquía no es un país para ir a comer delicadamente, hay que ir con la mente abierta y mínimo con la intención de probarlo todo porque si no, el que vaya sin dicha intención, se perderá grandes experiencias y sabores. 
El segundo día también fue muy completito y la verdad es que estábamos bastante cansados porque el día anterior estuvimos muchas horas de pie andando sin parar pero eso no nos impidió poder seguir con nuestra visita. Aquel segundo día por la mañana nos fuimos hasta el puerto de Kábataş donde cogimos un ferry que nos llevó desde la parte Europea de Estambul hasta la asiática a través del Bósforo, en apenas 25 minutos habías cambiado de continente. El ferry lo pagamos igual que se pagaban los autobuses, el metro o el funicular, con la tarjeta de transporte de la que os hablaba antes, solo que era un poco más caro que los otros medios de transporte aunque no sé deciros cuanto, quizás un par de libras o tres más caras por viaje, ya que yo pasaba la tarjeta y se la daba a mi pareja para que picase y pasara. 
 
 
Desde el barco la vista era muy bonita y se veía toda la zona europea de Estambul estampada por el blanco de las gaviotas o el negro de los cormoranes, lo cogimos justo a tiempo pues estos barcos tienen un horario establecido y fuimos hasta Kadiköy, el distrito cosmopolita y comercial de la parte asiática de la ciudad de Estambul que contiene un gran número de habitantes pudiéndose considerar uno de los distritos más poblados de la ciudad. 
 
Este distrito está dividido en barrios y en la actualidad su centro es el lugar adecuado para que florezcan negocios, restaurantes y mercados, es una gran zona comercial y punto obligatorio de paso para los habitantes de Estambul cuya vida y color de cada uno de sus tiendas, mercados y rincones harán al transeúnte detenerse y, con toda seguridad, acabar comprando algo de comer. 
Los puestos de verduras y frutas, los de especias y los de carne están expuestos con todo cuidado y también el pescado por el cual nos decantamos a la hora de comer ya que allí el pescado fresco que tu elijes de la exposición es el que te hacen en el momento. En nuestro caso escogimos un mero y un rodaballo, los cuales nos los rebozaron y sirvieron en sus bandejas, estuvieron realmente deliciosos y nos los acompañaron con algunos entrantes que pedimos como ensaladas, bacalao marinado con una serie de especias y con base de mostaza y también nos pusieron un plato de algas que parecían espárragos, gorditas pero finas, partidas en pequeños trozos y que estaban muy tiernas. La verdad es que estuvo todo delicioso, de postre pedimos el típico café turco, del que quedan al final los posos y te pueden leer el futuro con ellos.
 
De regreso a la parte Europea de Estambul fuimos hacia la Plaza de Taksim que es considerado el corazón de la moderna Estambul al estilo europeo, es un importante distrito comercial, turístico y de ocio conocido por sus restaurantes, tiendas y hoteles. Debido a su gran relevancia suele ser el lugar de celebración de eventos públicos y celebraciones sociales, aunque también es punto de partida de numerosas manifestaciones políticas. En la plaza se conserva el Monumento al Aguador y el de la República y de ella parte una de las principales arterias comerciales de la ciudad: Istiklal Caddesi o Avenida de la Independencia, una enorme calle peatonal similar a lo que en Madrid podría ser la calle Preciados que se puede recorrer a pie aunque siempre está llena de gente, lo cual puede hacer el trayecto algo incómodo, aunque también se puede recorrer usando el nostálgico tranvía que va hasta la estación del Funicular de Tünel, el transporte suburbano más antiguo del mundo por detrás del metro de Londres.
 
Siguiendo por esta arteria comercial llegamos hasta al Torre Gálata, una de las torres más antiguas del mundo que se alza sobre la ciudad con 61 metros de altura y que ofrece una de las mejores vistas de Estambul. Por desgracia se nos hacía tarde y no pudimos subir (para lo cual hay que pagar) pero os diré que esta torre fue construida en el año 528 para servir como faro y que lo que más sorprende es la anchura de sus paredes ya que la piedra posee en su base 3,7 metros de ancho disminuyendo hasta quedarse al final del todo en 20 escasos centímetros de anchura. Dicen que desde arriba se pueden hacer unas bonitas panorámicas de la ciudad, lástima que no pudiese subir, pero bueno, aquí os dejo una foto de esta preciosa torre. 
Aquella noche para cenar fuimos a Yüzevler, un restaurante de Kebab especializado en el Adana Kebab, también por el barrio de Hisarüstü que estuvo delicioso. Técnicamente habíamos reservado en el jardín pero lo malo es que las zonas exteriores de todos los restaurantes la gente los usa para fumar por lo que cenamos dentro finalmente. Según nos sentamos y antes de que pudiésemos empezar a pedir nos trajeron muchísimos entrantes que se incluían por el hecho de estar allí: pan de pita, ensalada de berenjena, cig Köfte (que es como una especie de albóndiga de carne cruda mezclada con especias picantes), ensalada de cebolla y perejil, queso de cabra, etc. todo ello delicioso aunque había muchos platos que picaban, así que yo me pedí un vaso de ayran, la bebida turca hecha con base de yogurth que os comenté al principio, para poder pasar el picante. 
 
Luego llegó el momento de pedir la comida y la mayoría pedimos Adana Kebab que es carne picada especiada como amasada a lo largo que se sirve con un pan muy finito enrollado (en plan durum) o sin envolver, según quisieras.
Como ya he dicho no tiene nada que ver con el kebab que comemos aquí en España ya que el sabor, la forma de condimentar la carne y el propio pan hacen de esta comida algo delicioso. Lo cierto es que en Estambul no hay casi lugares de Adana Kebab porque, como bien indica su nombre, es más propio de Adana, sin embargo este sitio es uno de los pocos que lo sirven y hay que decir que estupendamente.

Además del Adana Kebab que ya lo había comido en mi último viaje a Estambul hace ya bastantes años tuve la oportunidad de comer lo que allí denominan “basura” en turco, que son los restos de carne que sobran de otras unidas y juntadas con grasa, muy sabroso y tierno y con una presentación muy original ya que se sirve clavada en grandes pinchos en plan pincho moruno acompañadas de pan de pita de forma para que tu, con el pan, rodees la carne y lo saques del pincho y te lo comas; está realmente delicioso y tiene mucho sabor. La verdad es que el sitio nos gustó mucho y no repetimos porque aunque parezca que no, este tipo de comida es bastante pesada y con el picante más, pero desde luego era para comer hasta hartarse. 

El tercer día era domingo y fue bastante más relajado cosa que, tras la paliza de los dos días anteriores, se agradecía. Al ser domingo mis tíos nos llevaron a hacer una costumbre típica de estos días de la semana: desayunar al lado del Bósforo, para lo cual hay muchísimos restaurantes que dan al paseo marítimo en los que, básicamente, todo el mundo suele pedir lo mismo: Huevos revueltos con tomate y pimiento (también con queso si así lo deseas) que se conoce con el nombre de Menemen, aceitunas, mucho pan, un plato con diferentes variedades de queso y un plato con pepino y tomate cortado, todo ello acompañado de té o café y de un buen baso de zumo de naranja natural. Realmente el desayuno típico (el básico) puede reducirse a pepino, tomate y aceitunas, pero por ser domingo los platos hechos con huevo también son muy típicos ya que se tiene más tiempo para hacerlos, así como la miel; en nuestro caso también pedimos nata natural y recién hecha con miel que untada en pan estaba deliciosa y eso lo dice una servidora a la que la miel no le gusta y le sigue sin gustar pero allí no sé, quizás es que es todo tan natural y tan fresco que simplemente está bueno. Como ya he dicho Turquía es un país para ir con la mente abierta y con ganas de probarlo todo porque si no se dejarán muchas cosas por el camino que, sin duda, habrían merecido la pena.
 
Tras aquel magnifico desayuno avanzamos por el paseo marítimo a pie ya que había mucho tráfico para coger el autobús y preferimos dejarlo atrás a pie, por lo que fuimos paseando y haciendo alguna que otra foto a los numerosos pescadores que estaban allí pescando, muchos de ellos de cuatro en cuatro, lo que parecían ser jureles. La mayoría eran hombres aunque también vimos algunos niños y, lo más sorprendente, alguna mujer musulmana también.
 
 
Una vez pasado aquel tramo cogimos el autobús y durante casi hora y media estuvimos sumergidos en el tremendo tráfico que no cesa en ningún momento del día para volver a llegar a la estación de ferrys donde cogimos un barco que nos llevaría a las famosas Islas Príncipe que están a una hora y media en barco de la parte europea de Estambul y situadas en  el Mar del Mármara el cual arropa, junto con el Mar Negro, el estrecho del Bósforo. Fuimos a la última y más grande de todas: Büyükada, en la que, debido a que está prohibido el uso de vehículos de motor, se puede montar en bicicleta o hacer rutas en coche de caballos, aunque estas últimas son bastante caras (70 liras un carro de cuatro personas) y los animalitos están bastante mal cuidados porque les tienen todo el día para arriba y para abajo y más al galope que al trote, por lo que más que un paseo es una carrera en coche de caballos. 
 
Ese fue el motivo por el que nosotros no montamos, aunque sí que estuvimos viéndolos todo el rato subir y bajar por las calles que, junto con las enormes casas de madera blanca, daban una sensación muy bonita de lugar de vacaciones clásico con esas casa tan de verano. Lo cierto es que estas islas son ideales en verano para ir a bañarse pues sus aguas son de un profundo azul turquesa, tranquilas y calmadas y hay muchas zonas habilitadas para los turistas, aunque también es agradable ir fuera de la época de veraneo y recorrer sus calles y sus puestos que venden diademas y tiaras de flores para la cabeza, algo muy típico allí que se ha puesto de moda, junto con decoración artesanal para los hogares.
Tanto la ida como la vuelta en barco son estupendas porque da tiempo a contemplar el resto de las hermosas islas y el bonito contraste del verde de la montaña contra el azul profundo del mar y además puedes dar de comer a las gaviotas simit, unas roscas de pan con sésamo muy barato que en Estambul se come mucho y a todas horas prácticamente, pero que se puede comprar en el barco para dárselo de comer a las gaviotas hasta el punto de que los más atrevidos extienden el brazo con el pan y las más lanzadas vienen volando y se comen el pan de entre los dedos del viajero, aunque lo más normal es que este se lo tire al aire para que esta lo coja. 

Después de aquella tarde en la Isla volvimos a casa por lo que fue un día bastante descansado quitando que nos acostábamos tarde y nos levantábamos pronto, y ya cenamos allí tranquilamente. Al día siguiente, ya lunes y último día completo que pasaríamos en Estambul teníamos previsto ir al Gran Bazar, uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo donde se puede comprar artesanía, joyas y ropa. El área de este enorme bazar es de 45 mil metros cuadrados y en él trabajan unas 20 mil personas debido al gran número de visitantes diarios que tiene, el cual puede rondar entre los 300 mil y los 500 mil dependiendo de la época.
 
Hay un total de 22 puertas repartidas para poder acceder al lugar y en total contiene 3.600 tiendas. Sus orígenes se remontan a la época de Mehmed II cuando, en 1455, construyó cerca de su palacio el antiguo bazar (que aun sigue en pie y funcionando) y alrededor del mismo se fueron instalando talleres de artesanos que formaron calles gremiales que, con el tiempo fueron cubiertas y amuralladas.
Es un lugar imprescindible para visitar, prácticamente obligatorio si se va a Estambul y, desde luego, para echar toda la mañana e incluso todo el día. Es para pasearlo perdiéndote entre sus miles de puesto hasta que te canses, pero no te pares mucho en ellos pues los vendedores son muy hábiles y no pierden oportunidad para intentar vender sus productos, eso sí, bastantes más caros que en cualquier otro lugar de la ciudad por lo que, si no te convence o igualmente aunque no te merezca un mal precio, te recomiendo que regatees pues ellos siempre están dispuestos a hacerlo.
Nosotros estuvimos solo por la mañana, suficiente para ver las preciosas tiendas de pañuelos,  lámparas y perdernos en la zona de la plata donde comprar sale bastante bien ya que se venden al peso por lo que el trabajo manual no se cobra, aunque sin duda eso no hará que sea especialmente barato.
Tras salir de allí comimos en un restaurante de comida casera y yo me pedí un hojaldre relleno de carne de pollo acompañado de arroz y de berenjena, también muy típica y común entre los alimentos allí, delicioso todo. Hay que tener cuidado donde te sientas a comer porque en muchos sitios la comida no está hecha sino comprada y son todo grasas que, puede estar rico, pero puede que luego te sientas pesada durante todo el día. Una vez que terminamos de comer fuimos a terminar la tarde paseando por un mercado chiquitito que está justo detrás de la mezquita azul, rodeándola por detrás y pasando el monumento del Obelisco deTeodosio, el monumento más antiguo de Estambul y que se conserva en perfectas condiciones a pesar del paso del tiempo. Este monumento es de Egipto, lugar en el que fue tallado en el año 1479 a.C. Fue en el año 390 d. C. cuando el emperador Teodosio lo llevó hasta Constantinopla para lo cual tuvo que cortarlo para poder transportarlo (dicho transporte se puede ver ilustrado en la base de este obelisco). Es realmente impresionante y aun se pueden ver los hermosos gravados que se conservan frescos como si los hubiesen hecho ayer.
 
Para llegar al pequeño mercado que nos había recomendado mi tía encontramos pequeñas calles que eran realmente bonitas, llenas de colores y con casas construidas en madera como la que os muestro en la imagen. La verdad es que Estambul tiene rincones que son sorprendentes, encontrándote auténticas maravillas donde no lo esperas.
 
En el bazar encontramos más de lo mismo pero la verdad es que mucho más tranquilo que el Gran Bazar, había joyería, comida, tiendas de pañuelos, de música… era muy agradable y bonito, al aire libre y sin estar cubierto por arriba lo que le daba un toque cálido. 
 
Muy cerca de allí encontramos un pequeño restaurante en el que nos sentamos a tomar algo y pedimos Künefe para compartir, un pastel que se toma como postres, muy típico y que proviene del este de Turquía (de Antioquía concretamente) y que se hace con queso fundido en su interior y, en nuestro caso, nos lo sirvieron con pistacho que, como ya os he comentado, es de lo más utilizado por allí. Estaba muy bueno, pero es bastante denso por lo que con un poquito tendréis suficiente para disfrutarlo, eso sí, os recomiendo que lo probéis si vais.
 
Y con aquel descanso en aquel local, sentados en una terraza cuyos asientos eran sofases tomando un producto típico y tan especial como es el baklava y bebiendo te turco, nos empezamos a despedir de Estambul. Nuestra última parada fue TopKapi o más bien sus jardines pues cuando llegamos el palacio ya estaba cerrado como era de esperar, pero es que siempre hay que dejarse algo sin ver para poder volver.
Aun así se considera una de las visitas obligadas de Estambul, es un lugar con mucha importancia y al que hay que dedicar tiempo ya que es el mejor reflejo de la época imperial en Estambul y simboliza el poder que alcanzó Constantinopla como sede del Imperio Otomano ya que desde el Palacio de TopKapi los sultanes gobernaron su imperio hasta mediados del siglo XIX.
Se inauguró en 1465 y durante las décadas siguientes fue ampliado por los diferentes gobernantes llegando hasta los 700 mil metros cuadrados que tiene en total en los que hay cuatro patios y múltiples edificios en su interior. Dentro del mismo actualmente se puede ver el Museo Arqueológico y otros edificios de interés como el Harén  o el Tesoro que se encuentran dentro de sus enormes murallas. Por todo ello se recomienda ir pronto y visitarlo sin prisa pero sin pausa, ya que se llena de gente rápidamente.
Aunque no lo vi por dentro desde fuera impone bastante por su tamaño, espero poder visitarlo la siguiente vez que vaya. Lo que sí puedo contaros es que sus jardines son muy bonitos y extensos, tiene a la entrada una fuente en forma de estanque japonés con sus característicos puentes de madera que hacen del lugar un bonito sitio para descansar y pasear.
 
 
 
Y aunque no queríamos marcharnos allí terminamos nuestro viaje, rodeados de césped, flores, fuentes y árboles; así terminamos nuestro recorrido por Estambul porque, una vez que salimos de los jardines de TopKapi, nos dirigimos a la estación del tranvía para volver a casa y hacer las maletas… así que prefiero quedarme en los jardines y en el estanque japonés y deciros que mi visita se pausó allí pero que no ha terminado, no ha terminado porque desde luego pienso volver y continuar descubriendo todas las cosas y lugares que ofrece esta ciudad llena de colores y sabores, especial como toda su comida, sus gentes y su cultura, única. Hasta la próxima. 
 
Todas las fotos de este post han sido hechas por Lucía Berruga (L.B.) o Alberto Oliva Rodríguez (A. O. R)
Fuente citada para la información histórica y estructural de  los monumentos analizados: Estambul.es Tu guía de Estambul. Gracias!
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5 comentarios en “ESTAMBUL: UNA CIUDAD CON OLOR Y SABOR A ESPECIAS

  1. Lucía Berruga Sánchez dijo:

    Gracias a los dos!! 😀

    Okami ya sabes que yo no sé contar las cosas de forma breve 😉 Y además fueron cuatro días muuuuuy largos con muchas cosas por ver, había mucho que contar 🙂

    E Isa me alegra que hayas podido viajar a Estambul con mi reseña 😀 eso es lo que pretendo siempre que escribo 🙂

    Abrazos a los dos!

    Me gusta

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